Una abeja en el hielo no está muerta ni viva. En su remota perfección, en su inmovilidad incorruptible, parece estar a salvo. Pero existir así no es estar viva.
Esta historia poderosa trata sobre Patricia, una mujer cuya existencia es un correlato de la existencia de la abeja que, atemporal, arde por dentro mientras los signos exteriores disimulan su intensa ansiedad por el deshielo.
Y es que una abeja puede estar congelada por años y de pronto, al calor de aquello que se niega a la extinción, sentir derretirse su cárcel transparente, y luego de un breve aturdimiento y de la acción del aire que secará sus élitros, echarse a volar como una ráfaga a la busca de su razón de ser.